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¿Por qué vivir lento si tengo prisa?

¿Vivir lento? ¡Sí, claro, con la prisa que tengo!


Me ví corriendo de un lado para otro, sin poder recordar qué había comido o con quién me había encontrado. Me descubrí tapando emociones importantes porque no tenía tiempo para sentirlas. Sabía que en ese momento estaba viviendo por vivir, realmente yo no estaba aportando nada a mi vida, pero preferí hacerme la loca. Era como un zombie en vida, un zombie infeliz. A ratos sí, me divertía, salía, entraba, hacía cosas, quedaba con gente, pero en líneas generales… me faltaba algo. Pero yo seguía ignorándome, y para poder hacerlo me añadía más cosas que hacer a la lista, me metía más presión, sentía más la prisa y la urgencia del conseguir.


Hasta en los momentos de ocio tenía prisa por ahorrar tiempo y hacer varias cosas a la vez, ver una serie mientras miraba el móvil era algo muy habitual. Eso, con el tiempo, dió pie al sentimiento de culpa por hacer solo una cosa o no hacer algo productivo. No quería “perder el tiempo”.


Pero esto no pasa en balde, y el cuerpo es sabio y por mucho que te esfuerces en continuar, si quiere, te para. En mi caso fue poco a poco, pequeñas dolencias o enfermedades leves. Como eran leves no tenía tiempo para descansar y yo seguía aunque tuviera fiebre y estuviera mal. Porque el esfuerzo y el sacrificio están bien vistos y, yo, como persona “responsable” que soy, tenía que seguir ahí. Y aunque era la primera que cuando veía a alguien enfermo en el trabajo le mandaba a casa porque sabía que es importante descansar para una buena recuperación, ahí estaba yo con gripe o ciática dándolo todo, porque los eccemas causados por estrés eran lo de menos. Lo único que me paraban eran las migrañas, porque eso paraliza a cualquiera. Y tuve muchas por aquel entonces. También eran claras llamadas de atención que yo ignoraba un poco diciendo “es que soy muy de migrañas”.


Llegó un momento en el que las migrañas fueron lo de menos y eso me asustó. Y ahí paré y decidí que se había acabado el vivir así. Que sobrevivir no es vivir. Y yo quiero vivir y disfrutar de la vida. Porque ser adulto y crecer no significa perder la capacidad de elección ni morir en vida y yo había olvidado lo que es disfrutar como cuando eres niña. Y desde entonces vivo la vida, las cosas más pequeñas, las más cotidianas. Y por lo visto esto se llama vivir lento o vivir consciente.


Vivir lento es priorizar y poner nuestra atención en el presente, ya sea que estemos trabajando, con amigos, comiendo, leyendo o regando una planta. Da igual, se trata de ser consciente de las cosas que vives y las elecciones que tomas y reconocer el valor de lo cotidiano. Es reconectar con nosotras mismas para escucharnos, observarnos (a nosotras y nuestro entorno) y prestarnos atención.

Vivir lento es plantearte a qué dedicas tu tiempo y hacer espacio en tu vida para las cosas que realmente quieres, no sólo aquello que “tienes que querer”.



Al final, decidí de dejar de perder el tiempo y volver a vivir.



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